Microrrelato II

Con la cabeza apoyada en el hombro de Pedro, el amor de su vida, Encarna contemplaba relajada el reflejo de los árboles sobre el estanque del Retiro. Ya desnudos, cubrían con su húmedo manto de colores el suelo y empezaban a abrazar al sol del atardecer de finales de Noviembre.

Un sol tibio, cansado, que mantenía viva la llama de ese amor desde hacía más de 50 años, cuando Encarna, durante unas vacaciones de verano en Blanes, se enamoró de un aguerrido marinero que arribaba al puerto después de su jornada de pesca.

Fue ese mismo sol de la tarde, rojizo y ardiente, el que hacía brillar el torso tostado de Pedro como si fuese una estatua de Bronce. Un dios mediterráneo que nada tenía que ver con los caballeretes estirados de la capital.

Pedro, a su vez, se dio cuenta de que ella lo observaba y, alzando la vista hacia su rostro, descubrió en tierra a la sirena varada que nunca pudo encontrar en la mar. Y por esa sirena abandonó todo y se fue con ella a la jungla de asfalto.

Vivieron locamente enamorados uno del otro, tuvieron hijos, nietos… Crecieron en la ciudad y prosperaron en la vida, pero para Encarna, Pedro no parecía del todo feliz, aunque nunca tuvo nada que reprocharle.

Ella recordaba aquel verano en los reflejos del estanque, mientras él, con el corazón marchito y seco, añoraba a su verdadero amor, aquél que perdió 50 años atrás…